Sueño del 26 de abril de 2017

abril 27, 2017 § Deja un comentario

Oso

Oso .jpgEn algún paraje glaciar, a orillas de una costa estrecha flanqueada por una pared de hielo, un oso blanco de gran tamaño encaraba una embarcación de carga. Desde el frente otro oso pequeño era testigo de la imponente invasión de aquel carguero, cuya grúa ahora tenía colgando al oso más grande dentro de una red, con la que éste se iba enredando más a medida que se incrementaba su furia e indignación. El oso pequeño, separado por un estrecho de mar, no terminaba de decidirse en tirarse al agua para ayudar a su desamparado congénere. Sin embargo, otro pensamiento, tal vez producto del miedo o la paciencia, lo detuvo para dejar al destino conjurar su venganza.

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Desde una oficina, en un edificio del cruce de la Vía Expresa con Javier Prado, frente al colegio San Agustín, por el lado de San Isidro, veía como una camioneta que se quedaba sin espacio para avanzar invadía el carril de alado, cerrando sin consideración a un auto. La indignación de este último fue tal que aceleró la marcha para adelantarse y colocarse enfrente del imprudente que manejaba la camioneta. A través del retrovisor aquel increpó a éste, quien sin miramientos ni remordimientos le hizo ademanes para que siguiera su camino. La indignación del chofer del auto aumentó al punto que se detuvo en plena vía, desconcertando a todos los otros vehículos que pasaban increpándolo con sus bocinas. Como el que manejaba el auto agredido entendía la torpeza pública de su infantil reclamo siguió andando para que continuara el tránsito mas no así permitía que la camioneta lo adelnatara, impidiéndole cualquier intención que tuviera al respecto. En un momento de descuido la camioneta superó el auto, a lo cual éste volvió a acercársele para arrojarle sin éxito una botella, cuyo vacío de contenido facilitó que el viento desviara su dirección. Al percatarse el conductor del auto lo mal que manejaba el de la camioneta, ya que lo volvió a adelantar con mucha facilidad, supo que se trataba de un imprudente torpe al volante. Como también el chofer del auto advirtió que la camioneta tenía la intención de salir por la rampa que justamente estaba frente a la oficina desde donde observaba lo que iba ocurriendo, lo fue cercando con su vehículo hacia el muro pegado a la salida para obligarlo a detenerse en algún espacio que no obstruyera el tráfico. El chofer del auto vio a uno de esos policías que están siempre detenidos con sus motos a las salidas de las rampas de la Vía Expresa, por lo que quiso atraer su atención con la reducida velocidad que tenía sometida al tráfico; pero el interés del policía estaba pegado en su teléfono, por lo que optó por repicar el claxon. Cuando el oficial del orden se percató de la procesión que causaba el auto solo atinó a increpar a éste, quien casi detenido por completo le ordenó que detuviera a la camioneta que estaba detrás. El policía, un muchachito con cara de enamorado sorprendido por su candidez, levantó la vista para ver a quién se refería y acto seguido se acercó a la camioneta para ordenarle que siguiera. Ante la impotencia del chofer del auto por la falta de una autoridad que mediara, mezclada con una rabia que iba siendo mermada por la sensación de vergüenza que le causaba su ridículo comportamiento, decidió, como último recurso para granjearse una venganza, ir lo más lento posible para fastidiar a la camioneta. Desde el piso trece en el que me encontraba pude ver cómo el tipo de la camioneta le mostraba una arma rastrillándola con el fin de intimidar al del auto. Lo que ocurrió a continuación debió ser la decisión más imprudente que tomó el chofer del auto, pues éste se detuvo en medio de la pista de la salida y apagó el motor de su carro para salir a increparle, ahora, su cobardía al de la camioneta con la mano en forma de pistola. Fue posible que el tipo de la camioneta no esperara tal reacción por parte del chofer del auto pues ocultó su arma, impedido de usarla con tanta gente en pleno día, conformándose con asomar por la ventana su cara insatisfecha e incómoda para balbucear un insulto que no terminó de decir porque aprovecho un espacio vacío por el que pasó al auto detenido sin no subirse por la acera. Aunque el hombre del auto envalentonado por su imprudente indignación desahogó su furia, a media que ésta fue aplacándose un sentimiento de remordimiento y malestar invadió su ser. Sin embargo al mismo tiempo sentía una sensación que se complacía con lo ocurrido, y hasta se alimentaba del estado de ánimo que derivó de su indignación. Por otro lado la calma también se le insinuaba como un reproche;  pero la fuerza que había incidido en su proceder ejercía una mayor presión en sus convicciones. Cuando el anonimato entre los vehículos que transitaban por la avenida Javier Prado fue disipando el enfrentamiento que había presenciado, pensé en la libertad que nuestro proceder restringe en circunstancias que quizás atraemos, y que enfrentamos cometiendo los mismos errores, en lugar de tomarlos como una suerte de práctica con la que podemos mirarnos adentro para decidir tomar la opción que enriquezca nuestra vida.

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