Pabellón Criollo Vegetariano

abril 1, 2017 § Deja un comentario

Pabellón Criollo Vegetariano.jpgComo vaya viniendo, vamos viendo, Eudomar Santos

Camino sin rumbo pero con la intención de encontrar algún lugar donde cenar. Los primeros locales de la calle Berlín están rebalsados con la algarabía que los parroquianos destilan brindando y riendo. El bullicio que dejo tras de mí es reemplazado por la somnolencia de una lavandería, bodegas y otros negocios apenas velados por la tenue luz de sus faroles. Un olor a frituras se me acerca intentando encandilarme. A unos pocos pasos veo a grupos de comensales acomodados en mesas y absortos disfrutando de sus alimentos, o en silencio pegados a sus teléfonos. Ninguno de aquellos restaurantes abre mi apetito hasta que uno de éstos atrae mi atención. Su austera pero colorida terraza me inspira comida saludable. Cuando ingreso empiezo a leer en los carteles los platos que ofrece. Todo está preparado con salchicha. El solo hecho de leer salchipapa altera mi hígado. Salgo con gesto de desabrimiento para continuar mi búsqueda. A medida que paso el ex cine Colón, o lo fue más tarde la discoteca Mamut; luego unos bares que aún permanecen vacíos y otros locales irreconocible, la noche va cubriendo con un ligero velo las fachadas de los edificios miraflorinos que no han sido arrasados todavía por las constructoras. Entre las tinieblas aparece el interior de lo que parece un restaurante. La ausencia total de clientes intensifica el brillo de su interior. Me acerco pensando que tal vez ya están cerrado. Al pie del ingreso una chica habla por teléfono y dentro una señora con gorro y delantal también está zambullida en lo que sea que está viendo en su teléfono. Del otro lado de las vitrinas no hay nadie, como tampoco no hay absolutamente nada dentro de éstas. La incertidumbre de la situación no me deja decidir si irme o avisar de mi presencia con un grito de saludo. Resuelvo mi dilema cogiendo una de las cartas mal acomodadas sobre un aparador. Entre sándwiches, pastas y ensaladas leo las palabras arepas, hallacos, hervidos, entre otras, que me hacen pensar que estoy en un restaurante colombiano o venezolano. No solamente saber que en muchos países caribeños la gente es muy distensible, sino que también la prolongación que genera la falta de atención que me dispensan la señora y la chica, ambas encadenadas a sus teléfonos, van asegurándome de que es así. Continúo distrayendo mi impaciencia releyendo con más detenimiento la carta, además de dar con más indicios que confirmen la idea que tengo sobre el lugar, el cual no es un restaurante sino más bien una fonda. Finalmente la señora se me acerca con cara de haber desatendido sus deberes por algo trivial. De pie frente a mí se revela como la cocinera. La saludo y le pido que me explique los platos con nombres tropicales. Ella me recita de memoria con su voz cantarina cada uno de los ingredientes en los que consisten los que yo le menciono. La foto de uno de éstos atrae mi ansiedad. Pabellón Criollo dice el rótulo. Frijoles negros, queso blanco, arroz, plátano frito y tiras de carne. Hago un gesto de disconformidad al escuchar y leer carne. Le consulto a la señora que cuánto me cobraría sin la carne. Ella me mira desconcertada e instintivamente pega un grito ininteligible. De lo que debe de ser la cocina se asoma un joven que me saluda también con cara de haber estado usando su tiempo en cualquier otra cosa menos en sus quehaceres. La señora, quien ahora me da la impresión de que es su madre, le consulta mi consulta. Con mente de buen negociante y anfitrión me sugiere que puede servirme ensalada en lugar de las tiras de carne. Acepto de buenas ganas. Antes de pedirme que me acomodara en alguna mesa el joven me pregunta si quiero algo de beber. Su acento no me deja duda de que todos aquí son venezolanos. Se me viene a la mente la noticia del día anterior sobre el Autogolpe de Estado del gobierno de Madura al Congreso. Sea por un prejuicio o un acto de solidaridad por las desgracias que vive ese país le acepto una limonada. ¿Fría?, me pregunta. Rápidamente evalúo el estado de mi garganta en ese momento y le respondo con un sí que esconde las consecuencias que podrían causarme la temperatura de mi bebida. Me siento y espero mirando a la gente que camina por la calle. Muchos jóvenes pasan entusiasmados en sus conversaciones; algunas parejas lo hacen en silencio secreteándose al oído sus amores; y otros lo hacen sin notoriedad a causa de los autos que rugen sus motores desesperadamente por llegar a sus interminables destinos. Cuando la señora coloca mi plato junto con la limonada sobre la mesa, la frescura y naturalidad de sus componentes complacen a mi vista y olfato, desencadenando un voraz apetito que logra saciarse después de menos de diez minutos. El plato queda impecable y en el vaso los cubitos de hielo están casi deshechos. Antes de que la señora se lleve mi plato le digo que estuvo muy rico. Ella me lo agradece con una sonrisa. Me acerco a pagar alcanzándole un billete de cien soles. Mientras va haciendo la boleta y dándome mi cambio conversamos sobre su país, su negocio, el tiempo que tiene abierto y los horarios de atención. Me recomienda comer las arepas vegetarianas, Que nosotros mismo hacemos, me lo resalta un par de veces. Le vuelvo a agradecer por la excelente comida casera que me han servido y le prometo volver para probar sus arepas. Nuevamente me regala una sonrisa de agradecimiento y nos despedimos hasta una próxima oportunidad.

 

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