Mar Bella, Luna llena

septiembre 3, 2012 § Deja un comentario

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Foto: Fidel

Entro a correr. El Chino me ofrece su corcho y un par de aletas desiguales. Las olas de la orilla me golpean suavemente. Mi piel se acostumbra rápidamente a la acuosidad del mundo donde me sumerjo. Han pasado casi seis años desde la última vez que me arrojé al mar para surfear. A dentro me encuentro con el Paja, Saca Pica y Cachaco. Recién los acabo de conocer. El Chino me los presentó cuando llegamos a la playa. Fondeo una pequeña espuma. La siento pasar sobre mi espalda como cientos de chorros que me sacuden levemente. La tabla me saca a flote. Siento el aire frío y los infinitos parpadeos del reflejo del sol en las ondulaciones del mar. Se acerca otra ola sin reventar. El Paja se posiciona. Ya está encima de ella. La baja deslizándose medio arrodillado, medio parado. Los otros dos entre risas se disputan una ola no muy grande. Ambos desaparecen tras el muro que se aleja detrás de mí. Estoy en plena racha. Es la primera con la que me encuentro. Los tumbos vienen seguidos y ordenados. Estoy solo en el punto de quiebre. El pico de un de un tumbo se levanta justo en frente. Me volteo para empezar a remar. La ola me jala hacia ella hasta dejarme sobre su cresta, exactamente donde la ola empieza a reventar. La fuerza de la explosión me ayuda a bajar por la pendiente. Siento como la tabla va alcanzando la velocidad de la ola. He pillado la primera. La bajo, llego a la base y quiebro hacia mi derecha para encarrilarme. El sol ya no me golpea la cara. Éste está escondido por la pared larga que se estira a lo largo de toda la playa. A mis espaldas la ola rompe contra la superficie transparente, produciéndose un caos espumoso y blanco. Tengo un buen tramo por delante mientras la ola se vaya cerrando por mi lado. De repente el corcho se acelera, impulsada por la misma fuerza de la ola. Aprovecho la distancia que le saco a la cresta que rompe para hacer un quiebre. Levanto la punta arranchando desde la profundidad un trozo de agua. Al girarme hacia donde rompe la ola arrojo una estela. Una pantalla transparente se levanta trazando una curva que cae deshaciéndose en infinitas gotas. Regreso al sentido que avanza la corriente. Ahora sí se empieza a cerrarse la ola por ambos lados. La espuma opuesta se acerca hacia mí cada vez más deprisa. Me perfilo de lado de la ola buscando el punto por donde romperá su último esfuerzo. La cresta golpea la tabla expulsándola hacia adelante. Me mantengo aferrada a la tabla dejándome llevar por el trayecto que traza en los aires. El instante que dura el vacío parece interminable. Todo alrededor se detiene, hasta los ruidos desaparecen. Los sentidos no encuentran un referente con el cual lidiar a la sensación de ingravidez. Están neutralizados. El agua amortigua la pesada caída que me devuelve el latido en el cuerpo. La espuma que me sigue evita que me hunda al empujarme hacia la orilla. Qué buen deporte, le digo al Chino al salir. Oe tienes tu estilo, me dice, hasta preguntaron quién es ese, agrega riéndose. El halago me arranca una carcajada. Desde esa vez, en un día de luna llena a media mañana, paso todos los días por el malecón, para dar una mirada al mar, rogando que me alegre el día, con unas cuantas olas, que pueda surfear.

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