Un turista en su ciudad

julio 12, 2012 § 1 comentario

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-La Marina, La Marina. En la penumbra un sujeto me ofrece sus servicios.

-¿Cuál lleva a La Molina? Le pregunto decidido a obtener alguna información. Me afirma con seguridad que una combi de blanco con marrón está por pasar.

Sobre el parabrisas, en letras negras, leo Javier Prado – La Molina. Adentro todavía hay algunos sitios vacíos. Me dirijo hacia uno doble y me acomodo. Mi cansancio me lo agradece dejando que mi cuerpo se relaje. En contraste con la vaporosa luminosidad de la calle, la combi está alumbrada con una luz blanca y cálida. En la radio el locutor distorsiona su voz promocionando la estación radial al cambiar de una a otra canción. El repique de un teléfono suena en el fondo de una tecnocumbia. Me pierdo alguna publicidad del momento. Unos viajan cabeceando, otros conversan acerca de las ocurrencias del trabajo. El color negro predomina en las vestimentas. Una chica de medias largas, falda y saco grita simplemente Guardia Civil, Señor. Al levantarse de su asiento deja ver el logotipo de la Universidad de Lima en su folder. En el cruce de la Aviación con Javier Prado, en donde unas grúas levantan unas babilónicas construcciones que no dejan ni un rastro de la tienda Carsa y la casa Matusita, se arma una pequeña congestión, resaca del tráfico de un día de la semana. Las combis se disputan cerrándose y entorpeciéndose con sus afilados perfiles a los transeúntes que miran y escuchan los anuncios de sus destinos. De un brinco se introduce un señor con un polo amarillo de D’Onofrio sosteniendo en su antebrazo un caja repleta de golosinas y asiendo una enorme bolsa transparente para trinar una golosa oferta: Sublimes, dos por un sol. La luz cambia a verde y partimos endemoniadamente primeros. De repente, tal competición hípica, aparece pegada a la ventana otra combi que acelera para alcanzarnos. La lucha es fiera y los motores rugen al máximo que toda la estructura metálica empieza a temblar y las ventanas a dislocarse de sus marcos. Nos volvemos a detener para que el cobrador deje subir a un contingente de personas que repletan la combi. Pero el piloto es ambicioso y haciéndose de la vista gorda de la señal de tránsito espera en la esquina a que aparezcan más viajeros. Una chica muy guapa se para a mi lado distrayéndome con sus atributos, pero la astucia de un muchacho sentado enfrente me devuelve a mi ensimismamiento al pedirle con mucha caballerosidad que se siente en su lugar. Al ir reconociendo los paraderos me apresto a bajar al mío haciéndome paso por entre la gente. Permiso, Yo también voy a bajar. La combi desaparece bajo uno de los puentes del Trébol. Lo que solía ser un cruce mortal para los imprudentes viandantes y los desquiciados que hacen corretear a sus fierros se ha convertido en un cruce peatonal. A alguien por fin se le ocurrió poner un semáforo. La costumbre de mirar atrás por esa zona desolada brota instintivamente. Hace tiempo que no sentía delirios de persecución, era otros tiempos. Paso por el parque de la Amistad, bajo por la primera calle de Durero, saludo a mis amigos que atienden en la Tía Tina y desemboco en el frondoso Boulevard, pulmón de este distrito con personalidad. Me han contado que los patriarcas que embellecieron las primeras casas y los parques con sus ilusiones y empeño corean orgullosamente en las reuniones de vecinos ¡Viva San Borja! Tanto recorrer ese mismo trayecto hacia mi casa me hace sentir uno de ellos. Aunque ahora hay innumerable edificios e incógnitas familias que saludan afablemente, parece que nada hubiera cambiado. Como si volviera de la universidad, de una fiesta, o de casa de algún coleguita, con ansias de volver a casa donde me esperan. Pienso en el plato con garbanzos y arroz que me han guardado en el almuerzo de esta tarde. Saber que la comida casera es más rica recalentada me azuza la impaciencia por llegar lugar de estar todo el día en la calle. Abro la puerta, siento el olor de los jazmines, y la voz del idiota de Althaus. Mierda, la olla está vacía. Ya todos duermen así que no queda más que engañar al estómago, total el sueño hará su parte y yo dormiré pensando a dónde me iré mañana a caminar para conocer más de esta nueva ciudad.

http://www.youtube.com/watch?v=xLOfYhwRn54&list=HL1342117960&feature=mh_lolz

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