El metodo Karate Kid

febrero 21, 2011 § Deja un comentario

Cuando me preparaba para ingresar a la universidad estudiando denodadamente cinco horas todos los días de las veintitantas semanas que duró mi férrea y tenaz disciplinada emprendida con despertador, puntualidad, orden, concentración y empeño, aprendía, complacientemente por la curiosidad, el algebra, la física, la historia, el lenguaje y otras tantas académicas obligaciones que se me presentaron, con el simple ejercicio de la práctica.

Para cuando tomé mi último examen ya había logrado un puesto en el trampolín del éxito y la resaca del esfuerzo por memorizar fechas, ecuaciones, multiplicaciones y cuantos datos devoré, se aliviaba con las nuevas incertidumbres que a mi vida un nuevo futuro se le presentaban. Ya luego en la universidad apliqué la vieja y eficaz estrategia de estudio, mejorando la anticuada metodología del paporreteo con algunas modernas herramientas no siempre muy confiables como la HP (para quienes no conocen este par de siglas, es la denominación referida a las iniciales de la calculadora casi computadora que todo aspirante a ingeniería ansiaba tener al rendir una prueba). Con los ciclos transcurriendo en la facultad, caí en la cuenta de que automáticamente, es decir sin pensar, podía proporcionar infaliblemente los resultados de operaciones matemáticas complejas, recitar histriónicamente teoremas financieros universales, y perorar con orgullosa retorica frente a mi padre acerca del funcionamiento de cualquier sistema del sector industrial.

A los cinco años de haber persistido en alcanzar el título de Ingeniero Industrial, me había convertido en un capacitado y competente profesional, listo y entusiasmado para hacerme de un espacio en el mal remunerado mercado laboral. Estimulado por mis primeros sueldos que percibía cómodamente sentado por horas frente a un monitor, perfeccioné mis habilidades en las funciones en las que me abandonaron a mi suerte en un claustrofóbico cubil, pasando a ser casi un empleado imprescindible, puesto que nadie lo es, con ciertas aspiraciones, más personales que laborales, puestas en ascender hasta que el techo de la empresa me lo permitiera o la inepta de mi jefa lo quisiera.

Sin embargo, la monotonía del trabajo y lo fácil que me resultaba dar soluciones a los problemas que me devolvían del escritorio de la secretaria a mi silla, más por lo primero que por lo que dirían, me hicieron caer en la cuenta de que cualquier trabajo puede ser realizado por quien sea que cuente con las condiciones físicas e intelectuales mínimas que aquella actividad lo demande. Así, dependiendo de la labor, y claro de las habilidades de cada uno, conseguir el dominio de la técnica de un oficio dependerá de aplicar el método Karate Kid, es decir repetir una actividad incansablemente. Al momento de tener que emplear la actividad aprendida, ésta surgirá como instintivamente sin la necesidad de premeditarlo, puesto que la hemos interiorizado practicando repetidamente, pudiendo llegar a convertirnos desde personas con mentes alienadas hasta humanos virtuosos, o en su defecto, seres enviciados, de acuerdo a lo que nos dediquemos el mayor tiempo de nuestros días.

Romeo Canseco Loiacono
Londres, 20 de Febrero de 2011

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