Todo un Caballero

enero 28, 2009 § Deja un comentario

Nunca nadie lo había visto llorar. ¿Qué te ha pasado?, preguntó Gonzalo alarmado. A ti qué te importa, le respondió con la cara furiosa llena de lágrimas amargas que brotaban de sus ojos rasgados. Acompañamos a Pawawa a probar su skate, ¿En la rampa inmensa?, interrumpió Chino, Sí, esa por el Boulevard, terminó de contar el Gordo. No había nadie en toda la cuadra cuando llegaron, estaban parados frente a ella, erguida por los aires, recta la mayor parte de su trayectoria. Pruébala. Todos lo animaban, pero Pawawa estaba callado, observando, como si estuviera calculando la velocidad del viento, auscultando en el sonido de la calle, midiendo el coeficiente de la fricción de las gomas contra el asfalto. Serán unos metros hasta la rampa, cuarenta kilómetros por hora, suficiente, todos lo imaginaban haciendo sus estimaciones. ¿Te mandas?, lo hostigó Tulio. Pawawa no respondió ni miró a nadie, parecía estar completamente solo, abandonado en su mente. Me alcanzó su chompa, dijo el Gordo haciendo un giro con su antebrazo. Colocó el skate sobre la pista asfaltada, negra, rugosa, con las cuatro llantas rojas completamente secas. Pisó con el pie izquierdo la lija negra engomada sobre la tabla del skate, con la vista de frente, sin bajar la mirada para observar el skate, como si éste fuera un brazo, una pierna, una extremidad que se alargaba desde la planta del pie. Parecía un cohete de perfil listo para ser lanzado, autoprogramado, agarrando pique con cada golpe que daba su otro pie contra el suelo, y las ruedas, plak, plak, plak, mordiendo las líneas de la pista, crash, crash, crash, triturando los grumos de cemento en el asfalto. Un fuerte impulso lo lanzó muy alto. ¡Seguramente nadie había llegado hasta allá!, exclamó el Gordo. ¿Cómo sabes eso?, preguntó Tono. Cuando perdió fuerza un brusco y duro movimiento de cintura y rodillas le ayudaron a sus piernas a dar un medio giro sobre las dos ruedas traseras del skate. Bajó con más velocidad, en la misma posición, con los brazos extendidos hasta detenerse en el mismo lugar de donde partió, sin la menor agitación ni expresión. ¿Qué tal?, le preguntó el Gordo. Cuando llegué hasta donde me detuve para girar, todo se veía de cabeza, ¡está mostro!, exclamó eufórico Pawawa dilatando los músculos de la cara para contornear una risa en su cuadrado rostro. Todos compartían la excitación a través de una sonrisa nerviosa que delataba las ganas que tenían de probar la rampa, el skate, pero nadie se lo pidió. Yo también me mandé, estaba bravazo, justo antes que llegara ese tipo, le viste la cara, lo quería matar, exclamó el Gordo. No llegaste ni a la mitad, le dijo Poti. Todos se rieron en frente de la cara del Gordo quien también soltó una risa. Pawawa apoyó la cola del skate en el suelo para recostar la tabla sobre una pierna. Hey, qué tal. Todos volvieron la vista al skate, pero ninguno se atrevía a pedírselo, y en ese momento mucho menos, anticipaban la respuesta. Qué chévere tu skate, ¿cuánto te costó? Pawawa seguía emocionado, con el rostro sonriendo a todas partes, quería lanzarse otra vez. No sé, respondió Pawawa observando la rampa y ensimismado en imágenes de maniobras que recordaba a ver visto en videos y que ahora cruzaban por su mente rápidamente para encontrar la que se adecuaba a sus condiciones o que se sentía capaz de intentar hacer. Ese Pawawa, craneando siempre todo, pero esta vez estaba tan emocionado que se le pasó, murmuró el Gordo. A ver. El tipo levantó el skate con las manos sosteniendo en cada una un extremo de la tabla; lo volteó para darle una ojeada al dragón estampado del otro lado de la tabla, entre los traks de las ruedas, y lo regresó instantáneamente hacia el lado de la lija negra. Ah, un Powell Peralta Caballero. Era mucho mayor, vestido con una camisa hawaiana, colorida, ligera, y llevaba en la muñeca uno de esos enormes relojes negro Casio que resisten la presión del agua a cientos de metros. Tenía pinta de serferito, medio pelucón, pensé que tú lo conocías, dijo Poti. ¿Yo? Lo he visto algunas veces, pero no es mi amigo, respondió Mario. Entonces se trepó al skate para probarlo dando vueltas a nuestro alrededor. Todos lo miraban deslizarse sobre la pista con habilidad, como si estuviera encima de la cresta de una ola que retaba con los quiebres que hacía con el skate. El Gordo estaba con la boca abierta, gritó Tulio. No, estaba palteado, ¿quién era ese?, contestó el Gordo. Pawawa se puso serio, pero no reaccionó, estaba tieso en su sitio, mirando igual que los otros al tipo utilizando su skate. Lo intimidó, dijo Chino. Está bien por abusivo, agregó Poti. Ya comenzaba a alejarse más el serferito, hacia el point, lejos de ellos, de la rampa. ¡Oye, dame mi skate!, gritó Pawawa dando un paso que lo separó de la semi luna que formaban los otros. El tipo seguía subiendo y bajando por las gradas con torpes saltos que daba golpeando la cola del skate contra el suelo, trepando las rampitas resbaladizas de cemento pulido de las entradas de los garajes de las casas y antes de llegar a la vereda giraba como rompiendo con destreza la cresta de una ola para bajarla por su pendiente. Como lo hizo Pawawa, dijo el Gordo. No, más rápido y mejor, corrigió Mario. De repente se detuvo, frente a ellos, frente a la rampa, y en medio Pawawa con la cara cuadrada, tiesa, inexpresiva. ¡Oye, mi skate!, volvió a gritar Pawawa más serio, con su voz furiosa y el rostro endurecido. Sólo déjame probarlo en la rampa, le gritó el tipo desde la esquina de la cuadra. A mi también, Y a mí, Yo te lo pedí primero, le gritaron todos pero no escuchó o quizá no le importó. Se vino directamente, en dirección a la rampa, iba a toda velocidad. Más rápido que Pawawa, dijo el Gordo. Saltaría hasta el otro lado de la rampa, pensó Poti. Como Tony Hawk, exclamó Mario. Todos se abrieron, dejando suficiente espacio para que pasara, ya estaba con las rodillas flexionadas y los dos pies sobre la tabla, y en medio la calavera con su perversa sonrisa. Dame mi skate, dijo Pawawa entre los plaks, crash y ruidos que daban las llantas de gomas al girar acelerando la velocidad del cuerpo, sacudiendo el cuello y los paños de la camisa. Y por las huevas los cientos metros y pico que resiste el reloj, se burló Chino. Pawawa dio unos pasos con un brazo por delante como para detenerlo. Qué bruto, comentó Tulio. A esa velocidad…, se lamentó el gordo ladeando la cabeza con resignación. Ya estaba a unos metros de la rampa, volaría. Sí que lo hizo, Tulio se burló. El skate se detuvo en seco. El pie de Pawawa parecía de piedra. Se estampó contra la pista áspera, de cara, brazo y codo, no rodó, se desparramó arrastrando los jeans, la camisa colorida, la cara compungida. Se levantó en un segundo, ensangrentado, no con cara de dolor, parecía que no se había enterado de lo que le había sucedido, sino de furia, de odio, encolerizado. Nadie se movió de su sitio. Tenían las piernas que les pesaban por el miedo y a la vez adormecidas por un vacío que sentían entre ellas, que aumentaba con cada tranco que daba el serferito, revolcado, machucado, al acercarse hacia ellos. Qué tal pato tío, ¿contra qué peña te fuiste?, le dirían sus patas de la playa. El gordo ni respiraba, agregó melodiosamente Tulio. Se vino como un toro contra Pawawa para cogerlo con una mano del pescuezo y sacudirlo con tal demencia que desprendió el skate de aquel menudito cuerpo empinado que resistía ser levitado. Alzó el brazo con la mano cerrada, ensangrentada y despellejada. Qué te pasa huevón. Le iba a lanzar un puñetazo directo en el cacharro, agregó Poti alarmadamente. Pawawa aguantaba las lágrimas en sus ojos cargados de miedo. Bien hecho, Pobre Pawawa, Se lo merece, Cómo le dejaría la cara. Sintió una parte de su brazo como desnuda, descubierta y pálida. Miró su muñeca. El reloj negro Casio que resistía cientos de metros bajo el agua no estaba más allí. Pawawa comenzó a toser cuando el aire humedecido ingresaba por su seca garganta a medida que iban aflojándose los dedos que le estrangulaban el cuello. Primero giró la cabeza, luego el torso y por último el tronco, que se inclinaba hacia el suelo como un perro desesperado que olfatea. Todos en silencio e inmóviles seguían con los ojos al cuerpo siendo vencido por el dolor en esos pasos torcidos y la espalda encorvada. La sangre le chorreaba del brazo, el pantalón ennegrecido por la tierra, y los raspones afloraban en su cuerpo. Levantó la correa rota. El reloj colgaba de ésta. Hecho trisas por dentro, dijo el Gordo. ¿Cómo sabes eso?, preguntó Tono. El vidrio estaba destrozado, con esa caída de hecho, le contestó amargamente el Gordo. Ah, ya!, asistió Tono con cachita. Miró su reloj, intentó ponérselo inútilmente por el nerviosismo que llevaba dentro, pero lo terminó guardando en el bolsillo. Miró a Pawawa, a ellos y otra vez a Pawawa para vociferarle en la cara con una indignada voz: ¿tienes hermano, tienes hermano? Tráelo para sacarle la mierda, chibolo…, ¿Le inventó la madre?, preguntó Gonzalo. Pawawa respondió negativamente con una voz intimidada, entrecortada. Lárgate de aquí, lo derribó con el cuerpo al pasar sobre él, cojeando, mirando su reloj destrozado que lo metía y sacaba del bolsillo sin saber qué hacer con él. Nadie propuso marcharse, tan solo fueron imitando a quien dio el primer paso en silencio, sin importar si los demás lo seguían, con el miedo sobre los hombros que le advertir no voltearse. Caminaron en silencio con dirección al parque mirando de soslayo a Pawawa, que cargaba su skate colgando del brazo como un pescado muerto, podrido, que nadie quería tocar ni probar, jamás. Lo sintieron sollozar, pero ninguno lo quiso mirar, pues todos tenían la mirada distraída en algún otro lugar, algunos para olvidar y otros para ocultar las sardas arcadas.

San Borja, Lima, Perú,

algún verano de los 80’s

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