El Asalto

agosto 31, 2008 § 1 comentario

Eran las dos y treintaicinco de la madrugada. Parados frente a uno de los muros perimétricos del colegio, el vate, el boxeador y el ingeniero, se disponían a saltarlo. Y si hay cerco eléctrico, los alertó el boxeador. Busquemos otro lado por donde entrar, sugirió el ingeniero. Por aquí no más… seguro que ni funciona, estas palabras del vate dieron inicio al asalto. El boxeador saltó sobre su sitió para ver si seguían instalados los dos alambres que viajaban en paralelo por encima de todo el largo del muro. Está limpio, los animó el boxeador bajo la enorme sombra del colegio que les caía encubriéndolos con amistad, intimidad, afecto. Ya, hazme pata de gallo, le pidió el ingeniero al vate apoyando todo su peso sobre las palmas de sus manos que empujaban hacia arriba el cuerpo de su amigo que quedó a horcajadas sobre el muro. El boxeador hizo lo mismo con el vate para luego dar un par de pasos hacia atrás y lanzarse con el impulso de sus piernas y quedar sobre el muro boca abajo, observando que la imborrable pista atlética estuviera despejada para arrojarse en ella firmemente sobre sus dos pies. Ya estamos adentro, exclamó el vate. La puerta de madera de acceso a la pista atlética había sido reemplazada por unas rejas verdes, largas y delgadas que se erigían hasta divergir en tres fieras puntas. Del otro lado se levantaba un muro alto que daba a los jardines enrejados de la calle. Hay que entrar por alguna de las ventanas, propuso el ingeniero. Sólo las luces de los baños permanecían encendidas como señal de que alguien está en ese lugar, mientras que dentro de las aulas la penumbra traspasaba los rectangulares vitrales enmarcados en nueve ventanas batientes horizontales que formaban la enorme ventana tan amplia como el largo de las aulas y alta hasta las vigas de madera que sostenían el techo. Esta ventana está cerrada, el boxeador intentaba sin éxito abrir una de las ventanas batientes jalándola con sus dedos. Por ésta podemos entrar, gritó el vate antes de desaparecer por entre el marco de la ventana. El boxeador y el ingeniero corrieron hacia la ventana, brincaron sobre el filo del concreto que sostiene la enorme ventana y entraron uno después del otro. Estamos en la clase, volvió a exclamar emocionado el vate. En la tenue oscuridad la aula lucía ordenada con las carpetas y los bancos dispuestos en filas de cinco mirando al pupitre del maestro ubicado en medio de aquella sala. Detrás del sitio del educador colgaba un mapa geográfico de la península Itálica, y a cada lado de éste pulcras pizarras acrílicas reflejaban las formas de los tres osados raimondinos que avanzaban silenciosamente por sobre las losetas intercaladas de color doradas y rojas. Vamos al baño, susurró el ingeniero antes de salir al corredor que se prolongaba por la derecha y que conducía al resto de salones emplazados a uno y otro lado hasta llegar a la puerta de salida del edificio de secundaria. Del otro lado, el corredor llegaba hasta una biblioteca que miraba hacia la calle y que siempre tuvo el ingreso restricto a los alumnos. Los servicios higiénicos dispuestos en un mismo ambiente pero divididos tan solo por un muro que no alcanzaba el techo estaban de ese lado del corredor, adyacente al salón en el que se encontraban. Han dejado las luces encendidas, reparó el vate una vez que atravesó sin equivocación, y guiado por la costumbre, la puerta del baño de los hombres. Son las luces que vimos por afuera, respondió el boxeador. Desde la puerta del baño se apreciaban los arcos de medio punto sostenidos por cilíndricas columnas que seguían una detrás de otra la dirección del corredor para virar perpendicularmente y seguir de igual manera otro corredor que terminaba en una antesala adornada con una descolorida pintura de la Escuela de Atenas de Miguel Ángel. Este segundo corredor se encontraba con un tercero que a su vez lo hacía con un cuarto que terminaba justo frente a las puertas de los baños, formando así una galería cuadriculada de cuyas paredes colgaban fotografías de paisajes de las diversas regiones italianas. Encuadrada por esta galería neoclásica estaba un patio mojada por la llovizna limeña. Parece que hay alguien del otro lado, el boxeador señalaba hacia unas luces amarillas que provenían de la antesala. No es nadie, sólo alguien viendo televisión, comentó el vate sin preocupación. Vayamos del otro lado, respondió el ingeniero. De regreso por el corredor avanzaron hasta encontrar la primera puerta abierta para ingresar a una de las aulas que tenía acceso por otra puerta al patio de formación de secundaria. El reflejo de las luces de la ciudad brindaba claridad suficiente como para que pudieran apreciar su entrañable espacio de recreo. No es una maravilla, exclamó el vate. Así es, dijo el ingeniero. ¿Qué dicen, nos prendemos el último cañón?, propuso el vate. Dale, confirmó el boxeador. Debimos traer alcohol para chupar aquí, agregó el ingeniero. Faltó una cámara de fotos, el boxeador se lamentó que ninguno tuviera una en ese momento. Cierto, pero podemos regresar otra noche, contestó el ingeniero. Con más raimondinos, aclaró el vate. Parados en medio del patio, auscultaban cada espacio recordando los entrañables partidos de futbol que se disputaron sobre esa cancha, los pelotazos anónimos que rompían los vitrales de las aulas, los lunes de formación con la entonación de los himnos de Perú y de Italia. De pronto el sonido de dos largos golpes provenientes del corredor alertaron a los intrusos. ¿Qué fue eso?, preguntó el vate paralizado al igual que sus dos amigos que se miraban esperando que alguno diera la iniciativa para moverse de ese lugar. Vamos a ver que fue eso, sugirió el boxeador caminado hacia la puerta del salón de donde surgieron. Desde el corredor se percataron que las luces de los baños habían sido apagadas y que las puertas de todas las aulas en el corredor estaban abiertas. Avanzaron raudamente, pegados en fila contra la pared, hasta el pilar que soportaba el dintel de ingreso a la galería. Cubriendo el cuerpo en el contrafuerte del pilar, el boxeador asomaba la cabeza para ver a través de los arcos si el vigilante permanecía donde lo habían visto. Miren esto, profirió el vate parado bajo el marco de la puerta de una aula. En el interior, el pupitre yacía volteado sobre el área que debió estar ocupado por algunas carpetas y sillas, y que ahora permanecían como arrojadas por el impacto ocasionado por el enorme mueble. Ya no está el guardián, les reveló el boxeador. Ya se dio cuenta que alguien se ha metido al colegio, respondió el ingeniero. ¿Qué hacemos?, preguntó el vate. Larguémonos, respondió escandalizado el ingeniero provocando un estremecimiento de nervios en el grupo que emprendió la huida por cualquier puerta, atravesando el aula, deslizándose por la ventana batiente y trepando el muro por donde accedieron. El brillo de un fanal iluminó tenuemente el aula. Por la ventana abierta, una cara lánguida y arrugada, con bigote y chiva virreinal gruño al último de los amigos que pudo mirar aquel vetusto rostro. Volveremos, pero con más raimondinos, gritó el vate antes de desaparecer desprendiéndose del muro.

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