Tijeras en el cementerio

agosto 25, 2008 § Deja un comentario

Julio Pickmann Quevedo,
padre y maestro,
aquí vienen tus soldados,
con tu ejemplo como escudo
y tus palabras como espada

No fueron los sordos golpes que daba al avanzar un pequeño niño lo que hizo emprender el vuelo a una, dos, diez y decenas de palomas que pululan en la plaza franciscana de Lima cuando los presurosos lentes fotográficos locales y foráneos apuntaban a la mancha plomiza que se desplazaba en la pantalla celeste. Las aves giraban volando entorno a la fuente de agua desasiendo la mancha al descender entre los espacios de las almohadilladas de la pared, en las esculturas del frontispicio de piedra, en los adoquines azabache del patio externo de la Iglesia. El hermoso y natural espectáculo distrajo a los visitantes de la discusión que ocurría frente a la plaza. Oficial, sólo estamos esperando a una persona para irnos, parecía ser la explicación que un señor de piel cobriza, cara regordeta adornada con ojos lánguidos y cabellos bien peinados hacia un costado daba a un policía alto, con bigote y educado. No señor, no es por mí, son órdenes del jefe, ¿sabe lo que esto me puede costar a mí?, respondió el policía que acababa de interrumpir un improvisado ensayo callejero efectuado por dos bailarines vestidos con un chaleco adornado de espejos y piedras de colores, pantalón con flecos y grecas, un ponchillo, una gorra de peluca bajo una montera de sombrero. Los dos danzantes bailaban, saltaban y golpeaban las hojas de unas tijeras que portaban y movían siguiendo el contrapunto del son de una melodiosa música que salía de un arpa y un violín tocados por dos hombres arropados con ponchos, y con los rostros ensombrecidos por unos sombreros adornados con flores de retama. ¿Y por qué nos los dejan bailar… señor?, preguntó Nicolás luego que el agente de policía terminara por advertir a aquel señor vestido de camisa blanca de nilo y pantalones de traje color negro. No sé, es un baile tan bonito, un espectáculo público oriundo de nuestra cultura andina milenaria, y mira tú si hasta los turistas lo están disfrutando, respondió aquel señor sin mirar al joven que como otras personas encantadas por la dulce música y las piruetas de los danzarines empezaban a fotografiar el show frente a la resignación de los policías y los serenasgos que escandalosamente llegaban alertados como para impedir un crimen o un asalto. ¿Y de dónde son estos bailes?, volvió a preguntar Nicolás. ¡¿Ah?! ¿Qué no sabes?, el señor volteó la mirada hacia el joven agrandando sus enormes ojos negros cuando vio su rostro. ¿De dónde eres?, indagó el señor. Pues de Lima, pero nunca había visto a esos bailarines, ni siquiera he escuchado esa música antes, respondió Nicolás. Bueno, son unos Danzantes de Tijeras típicos de Ayacucho, y lo que vamos a hacer con ellos es una romería en el cementerio El Ángel, le explicó el señor para luego acercarse donde un grupo de personas que vestían con igual elegancia y formalidad que él ordenándoles que subieran a un taxi estacionado justo delante de estos. Los danzantes y los músicos parecían aguardar las indicaciones de aquel señor que ahora conversaba con el chofer de un segundo taxi. A una señal de aquel, los danzantes, los músicos, el arpa y el violín se acomodaban a duras penas dentro del taxi. Nicolás observaba como se iba despejando la calle, los policías se relajaban, los serenos desaparecían apurados, los curiosos retomaban sus caminos y los turistas volvían a perder la atención en alguna extravagancia de aquella ciudad. Nicolás recordaba que tan sólo había tomado unas cuantas fotografías, pero también pensaba en lo que aquel señor le había dicho “vamos hacer una romería en el cementerio”. ¿Una romería?, pensó Nicolás. La curiosidad lo animó a solicitarle al señor permiso para poder acompañarlos, subirse en algún taxi para seguirlos, ir al cementerio con ustedes pues. Claro, vamos, súbete allí, le respondió alegremente el señor señalando al segundo taxi que se había detenido. Nicolás se sentó sobre el respaldar del asiento trasero que había sido recostado hacia adelante. Arqueando su espalda veía por la ventana fija las casas descoloridas, algunas Iglesias con las fachadas empolvadas, ambulantes que vendían frutas y verduras sobre la calzada, el interior de uno que otro solar a través de su enorme portón abierto, una plaza triangular flanqueada por uno de los perímetros laterales de una Iglesia y por una cuadra llena de modestas casas de dos pisos, negocios de lápidas cubiertas con el polvillo blanco producido por el esmerilado del mármol y unos puestos de flores recostados en los muros del cementerio El Ángel. Bien, ¿ya estamos todos? ahora vamos a entrar al cementerio en busca del nicho, adelante las señoras y los señores, y por detrás los danzantes y los músicos, el señor así iba organizando al variopinto grupo. Nicolás se colocó en medio del grupo intentando vanamente pasar desapercibido, sonriendo a una señora mayor de edad que disimuló no haberlo visto. ¿Y cómo te llamas?, preguntó el señor. Nicolás, respondió. Ah qué bien, yo soy el Doctor Dante Huamaní del Seguro Social y bueno nosotros como te contaba nos dirigimos a hacer una romería a un viejo amigo y gran profesor: Julio Pickmann Quevedo quien apoyó el desarrollo educativo y artístico de nuestra humilde ciudad. El doctor Dante, al igual que el resto del grupo, había nacido en Chipao, un olvidado pueblo ayacuchano al pie del volcán Ccarhuarazo, fundado religiosamente por los primeros jesuitas que llegaron a esas tierras de la cordillera andina oriental. Todos los que se reunieron aquella mañana en la plaza pertenecían a la primera promoción de escolares que egresó bajo la tutela de Julio Pickmann. Julio falleció en un tonto accidente. Luego de una noche de lluvias, las baldosas del patio de la escuela amanecieron mojadas. Julio que siempre asistía a primera hora al centro educativo, resbaló de espaldas, golpeándose la cabeza contra el suelo. Cuando el conserje lo encontró tirado e inmóvil en el patio corrió desesperado en busca de auxilio. La posta médica de aquel pueblo no atendería hasta el medio día. Luego de más de cinco horas transportado en la tolva de una camioneta por la trocha que conducía a Puquio, el corazón de Julio Pickmann Quevedo dejó de latir. Hoy día se cumplen cinco años de la muerte de Julio Pickmann, le contó el doctor Dante a Nicolás. Y por eso hemos venido a saludarlo, cantarle y bailarle acompañados de la música que tanto le gustaba, agregó la señora que antes había ignorado a Nicolás. La búsqueda por hallar el nicho de Julio desordenó al grupo que se desplazaba por entre los pabellones que albergaban en sus muros las concavidades donde yacían las tumbas. Santa Lucía, Santa Eulalia, San Andrés, el doctor Dante parecía no recordar el nombre del pabellón donde yacía el sepulcro de Julio. Nichos sellados con lápidas de mármol, piedra y cemento, adornados con flores blancas, amarillas y rojas, pequeñas estatuas de santos, fotografías en sepia de algún distinguido caballero ensimismado en sus pensamientos, nombres y fechas escritas en negro con un grueso pincel, carritos, robots y ositos para que jueguen los angelitos cuando despierten de sus sueños. Toquen y bailen un poquito, les pedía el doctor Dante a los músicos y danzantes que parados bajo el cenit del sol brincaban uno frente al otro mientras el grupo esparcido se perdía entre los pabellones. ¡Aquí es!, grito una señora vestida de blusa blanca y falda negra, sosteniendo entre sus brazos un racimo de flores. El resto del grupo comenzó a aglomerarse con las cabezas en alto buscando con la vista entre las palabras negras. El nombre de Julio Pickman Quevedo escrito encorvado para seguir la forma del arco del nicho aparecía en una lápida de piedra. En ambos lados del nicho, dos potes de lata llenas de flores coloreaban su fachada. Delante de la lápida de piedra que sellaba la concavidad se encontraban una fotografía enmarcada en un cuadro de plata y un crucifijo de metal que eran protegidos por un vidrio y unas rejas que tenían repujado en lo alto el nombre de Julio. Un grito se escuchó entre la multitud: ¡Su centinela el Ccarhuaraso, sus estudiantes los soldado! Todos permanecieron en silencio. La señora con las flores avanzó hacia los nichos con la mirada sobre el nombre de Julio recitando una oración en quechua. Otro tomó la palabra para recordar sus excelentes cualidades para educar y motivar a jóvenes y viejos bajo la disciplina y el ejemplo. Un tercero recordó sus rondas al billar del pueblo para pillar a sus alumnos que se trasnochaban, y cuando nos llevaba correctamente uniformados y ordenados a la misa todos los domingos, se persignó uno que usaba una visera. Un día llegué llorando a mi casa, ¿qué te pasa hijito?, me preguntó mi madre, Julio Pickmann me había dado un reglazo en la palma de mi mano, cómo me dolía, fui agarrado del brazo de mi madre hasta las puertas de la escuela, ¡Preceptor!, se plantó frente a Julio mi madre, usted es su padre, dele más duro para que aprenda, todos explotaron de risas en el cementerio. El violín vibró melancólicamente sobre el tono de fondo frondoso del arpa y acompañando los golpes de acero que daban las hojas de las tijeras rítmicamente con los pasos de los danzarines. Un par de parejas bailaron, entre ellos el doctor Dante y la mujer de las flores. Los danzantes se provocaban intimidándose con piruetas elaboradas que empujaban al rival a empeñarse por ofrecer movimientos cada vez más improvisados y audaces que teatralizaban la enfermedad de la muerte, la algarabía de los heraldos, la creación de la luz. Una joven muchacha recostada en un nicho del pabellón que creaba una delgada sombra, aprovechó la pausa que se tomó la comparsa para ofrecerles algunas cervezas. El doctor Dante le compró cuatro botellas que distribuyó entre artistas, amigos e invitados. El sabor de la cebada les devolvió el ánimo para volver a los zapateos que daban contra el pavimento, empolvando los negros zapatos. Toquen un poco más, les pidió alegremente el doctor Dante a los músicos que resignados por complacer a su emocionado público alargaban su faena. Alguien más compró más cerveza a la joven muchacha que salió corriendo con su bolsa de mercado en busca de ellas. Nicolás apuntó su cámara sobre los chipainos residentes en la gran ciudad de Lima, plasmando sus recuerdos, esperanzas, aventuras y desengaños que trajeron hasta el cementerio que iba desolándose.

Barrios Altos, 16 de enero de 2006
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