He is rocking me!!!

agosto 25, 2008 § Deja un comentario

The stranger who finds himself in the Dials for the first time…
at the entrance of Seven obscure passages, uncertain which to take,
will see enough around him to keep his curiosity awake for no inconsiderable time…
 
Charles Dickens (Sketches by Boz)
Minutos antes de la media noche regresaba a casa luego de ver la película Persépolis en el cine más barato que he encontrado en Londres, The Prince Charles Cinema, a tres punto cinco libras esterlinas la función si eres miembro. Como siempre evité caminar por las avenidas y vías atestadas de peatones y turistas para dirigirme al paradero del bus, desviándome por una callejuela inundad por la negrura que arrojaban los escaparates de los negocios y oficinas ya cerrados a esas horas, y las sombras de los edificios donde éstos estaban emplazados. Después de atravesar la estrecha calle, acompañado sólo por mi silueta proyectada con la amarillenta luz de unos pocos fanales dispersos, desemboqué en un espacio abierto y empedrado, donde convergían siete calles que encontraban en medio el pilar del reloj solar de Seven Dials elevado por encima de un grueso bloque de mármol tallado, que a su vez estaba apoyado en una base de piedra cuadricular levantada, ésta también, sobre un pavimento circular de dos gradas y unos cuantos metros de diámetro. Sentadas en uno de los cuatro lados de la base de piedra un grupo de chicas, abrigadas dentro de sus acolchonadas casacas negras con capucha de felpudo, posaban, sin desprenderse de sus mochilas invicta, para la fotografía de recuerdo con el pilar a sus espaldas. En una de las siete esquinas de aquel visitado cruce estaba ubicado el Cambridge Teather; en otra, un restaurante italiano; y en cada una de las demás esquinas una cafetería, tres almacenas de ropa, y un bar llamado The Crownn, donde los parroquianos bebían sus tragos entrampados en risas y conversaciones. Los taxistas y triciclos, estos transportando sus pesadas cargas, gruñían con sus llantas al entrar en el cruce; rodeaban el pilar rozando a los desperdigados y distraídos transeúntes; y desaparecían por alguno de los otros oscuros pasajes. Crucé saltando los charcos y amagando los triciclos hacia el otro lado de la plaza de donde me encontraba hasta quedar parado frente al restaurante italiano. Me provocó pedirme una marguerita, Para llevarla por favor, ¿Qué No? ¡Qué están cerrando! Miré hacia dentro. Las sillas con las patitas hacia arriba dormían encima de las mesas, y al fondo, rodeado de la penumbra, una vela iluminaba la última mesa ocupada por una pareja de comensales eternamente enganchada en sus miradas. Salí del restaurante engañando al hambre que había despertado con la idea de preparar una pasta no bien llegara a casa. Reparé que me encontraba en una calle que nunca antes había estado al pasar junto a una fila de impacientes chicos que esperaban a que un corpulento moreno camuflado en una gabardina negra, la cabeza rapada con intimidación, y ocultando la vista tras unas gafas oscuras, los dejara pasar a través de una gruesa puerta negra que al abrirse dejó escapar la estela de un histérico sonido que permanecía ahogado detrás de las paredes. No había ninguna chica, o al menos no advertí una. Sin girar ni detenerme por falta de curiosidad, seguí caminando. Dos cuadras más adelante me topé con el Intrepid Fox, un bar de música rock y metal pesado, adornado con máscaras diabólicas, gárgolas parisinas y cristos ensangrentados. Frente a la esquina del otro lado de la cuadra, estaba ubicado el paradero final del bus que debía tomar para ir a casa, escondido a las espaldas del Centre Point, uno de los edificios más altos de la ciudad y refugio nuclear. Sobre una berma central se alzaba una cortina de alambres que me impedía cruzar hacia el paradero; era necesario bordearla cruzando los atestados semáforos peatonales o bajar por un túnel subterráneo que conducía al underground. Distraído con el vocerío y el ruido que volvía invadiendo la calle descendí por la primera boca del túnel subterráneo que encontré. Al ir descubriéndome en la superficie, me encontré contemplando el teatro Dominion que presentaba el famoso We will rock you, aquel espectáculo futurista escenificado en un tiempo en que la globalización se ha completado y las computadoras dominan la producción de música, vetando todo instrumento musical que es destinado a este fin; pero un grupo de… el repicar de una campanita perdido entre el rumor de la gente desvió mi atención del afiche publicitario del show. La campanita volvió a repicar incesantemente, pero seguía sin lograr dar con ella. Todo a mi alrededor estaba completamente iluminado por las luces que irradiaban los letreros y la enorme estatua brillante de quien me pareció sería Freddy Mercury, la cual cubría toda la fachada superior del edificio. La gente que había estado esperando por entrar al teatro comenzó a aglomerarse y apretarse cuando se corrieron las puertas de ingreso. La campanita arremetió con sus repiques con más intensidad, siguiendo el paso de los emocionados espectadores quienes con sus boletos en mano adquiridos sin duda con semanas y hasta meses de anticipación, ansiaban apreciar el espectáculo. Los murmullos de la espera pasaron a una emotiva algarabía que se mezclaba con los sonidos del tránsito, el rumor de la calle, los golpes de la campanita, What the fuck you want asshole? El tumulto excitado por entrar quedó como congelado, trabado a unos pasos del ingreso del vestíbulo del teatro, obstaculizando la fluidez de los peatones que pasaban por allí. La campanita seguía repicando sin detenerse, Fuck off! Y en eso la encontré, colgando de la mano de una guapa muchacha de cabello negro y gruesos rasgos oscuros y agudos que adornaban un rostro de color cremoso que sólo a las mujeres de la Europa asiática se les envidia. Con el sonido de la campanita, la guapa muchacha atraía la atención de los que esperaban, frenaban, empujaban, y pugnaban dentro de ese remolino humano, para ofrecerles golosinas, snacks y bebidas que vendía en un kiosco empotrado en la pared de alado del teatro. What have you said? La campana quedó suspendida en el aire con el badajo ondulando contra las paredes de bronce. Miré la cara de la mucha observando la de un policía que contemplaba la expresión indolente de su compañero. Al siguiente segundo un joven vestido de saco, camisa y jeans tenía el rostro estampado contra una malla de rejas. El murmullo se lo tragaba la galería del teatro. La calle se disipaba de gente. La muchacha suspendía su show. Los policías tiraban de los brazos del joven contra su espalda. Sólo podían escucharse los gemidos guturales de dolor, interrumpidas por unas palabras balbuceadas con la ayuda del estado etílico que llevaba. He is killing me! He is killing me! Dos muchachos a mi lado se burlaban repitiendo amaneradamente los quejidos. Sin mucho esfuerzo, los dos policías sujetaban al joven desafortunado, arrojandolo con la boca bajo y el vientre doblado en la cubierta de la maletera del patrullero. Frente a mí pasaba, vacío, torpe, imprevisto, el bus que me llevaría a casa. Una sirena se alejaba haciéndose camino. La puerta del teatro quedaba despejada revelando la suciedad de la acera. La muchacha cambió la campanita por un mechero que se lo acercaba al rostro de un cliente con quien intercambiaba unas palabras. La gente marcaba sus pases y se acomodaba en sus asientos, entumecidos, somnolientos, hambrientos.

Londres, 06 de Octubre de 2008

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